domingo, 1 de julio de 2012

«En cuanto pude moverme, recuperé el tiempo perdido»

Álvaro Illobre pasó épocas encamado, pero cuando mejoró ya no paró. Este tenista en silla de ruedas siempre intenta sonreírle al futuro.

      Cuando tenía dos años sufrió la primera fractura en un muslo Álvaro Illobre, hoy tenista en silla de ruedas -y monitor, y directivo federativo, y defensor de los derechos de las personas con discapacidad funcional, y organizador de competiciones, y muchas cosas más-. «Entonces investigaron y descubrieron que padecía osteogénesis imperfecta [una enfermedad que hace más frágiles los huesos].

      La fase más dura la pasé entre los 8 y los 12 años, porque sufrí roturas muy seguidas, y tenía que estar escayolado en cama. Venían los profesores a casa, incluso. Un tiempo después, pensé que no volvería a caminar», recuerda el deportista de Ares.

      Paradójicamene, en el deporte y las ganas de hacer cosas encontró Illobre la mejoría a la enfermedad de los «huesos de cristal». «Reforcé las piernas con trabajo de bicicleta estática, pude dejar la silla de ruedas, y también conseguí andar en distancias cortas sin muletas», explica. Luego llegó el tenis, y alcanzó más de lo que se podía imaginar. Lo ganó todo en España, acudió a los Juegos Paralímpicos de Sídney y Pekín y conoció medio mundo armado con su raqueta y con toneladas de alegría.

      «En cuanto pude moverme, recuperé el tiempo perdido, me lancé a hacer de todo», explica Illobre. Defiende el optimismo como filosofía para superar retos: «La enfermedad me motivó aun más. Cuando eres más positivo, es más fácil recuperarse y luchar contra esas dificultades. Las afrontas mejor, no te hundes. Yo intento ver que los problemas tienen solución, a corto o a largo plazo, con paciencia y ganas de pelear. Esta semana me sometí a pruebas de densitometría, para ver el nivel de calcio en los huesos, y me recuperé respecto al análisis anterior. El deporte, el optimismo y la salud ayudan siempre».

      Empleado en una asesoría, dedicado a temas contables y laborales, Illobre ya no viaja a tantos torneos como antes, pero sí unas diez semanas al año. Todavía en activo a sus 40 años, número cinco del ránking español de tenis en silla, vuelca su conocimiento en la enseñanza, justo la faceta que más le llena entre todas las que reparte por sus 24 horas del día. «Me quedo con la labor de docencia, ayudar a otros niños como profesor de tenis, o ver llegar gente nueva al baloncesto y que puedan disfrutar», explica seguro de que podrán emprender su mismo camino. «A mucha gente que conozco le pasó algo similar. Mejoraron en autonomía e independencia al ir haciendo más ejercicio y ganar agilidad». Ya era un ejemplo, y ahora también enseña su experiencia de superación y optimismo a los demás.

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