martes, 23 de abril de 2013

El cowboy, el jugador de fútbol y otros héroes anónimos del atentado en Boston

Toda gran tragedia como la ocurrida el pasado lunes durante el maratón de Boston deja, además de víctimas mortales y multitud de heridos, distintas heridas psicológicas difíciles de cerrar. Pero, al mismo tiempo, nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos, y presenciamos cómo muchos ponen en peligro sus propias vidas con el motivo de socorrer a aquellos que se encuentran en una situación de apuro. Las redes sociales y su instantaneidad nos trajeron esta semana infinidad de imágenes sangrientas y traumáticas, casi sin ningún filtro, pero también, muchas historias de épica cotidiana y ayuda al prójimo.
 
El cowboy, el jugador de fútbol y otros héroes anónimos del atentado en Boston
    Una mujer es consolada por uno de los corredores de la maratón de Boston el pasado martes. (Jessica Rinaldi/Reuters)
 
Un estudio realizado en 2011, diez años después de los atentados del 11 de Septiembre, puso de manifiesto que las consecuencias psicológicas de dichos ataques entre la población americana no fueron únicamente negativas (ansiedad, depresiones, trauma), sino que también tuvieron efectos positivos. Las acciones de caridad se dispararon, los ciudadanos mostraron una mayor solidaridad con sus vecinos y se formaron más grupos de apoyo que en el pasado inmediato. Aquel día, muchos héroes anónimos, bomberos y policías perdieron su vida entre las ruinas del World Trade Center. En Boston los resultados no fueron tan devastadores, pero sí nos ha dejado un puñado de historias que merece la pena recordar.
 
“El foco debe estar en los actos altruistas”
 
Uno de los primeros en aparecer en las redes sociales fue Joe Andruzzi, antiguo jugador del equipo de fútbol americano New England Patriots que, tal y como apareció en una de las fotografías del lunes, ayudó a muchos heridos a volver a ser auxiliados. Curiosamente, Andruzzi se encontraba en la maratón por una buena causa, ya que se encontraba recaudando fondos para su fundación de ayuda contra el cáncer, ya que él mismo padeció un peligroso forma linfoma que consiguió superar gracias a un duro tratamiento de quimioterapia. Los tres hermanos del jugador son bomberos de la ciudad de Nueva York, y junto a ellos fundó esta organización en 2008.
 
Andruzzi no quiso dejar pasar la ocasión y recordó en una declaración pública de qué manera debían afrontar sus compatriotas tan trágico suceso: “El Marathon Monday debería tratar sobre historias inspiradoras, retos personales y récords en recaudación de fondos, pero las bombas de hoy han cambiado todo eso”, indicaba el deportista. “Aunque entiendo el interés en escuchar nuestra perspectiva de los horribles eventos de hoy, el foco debería centrarse firmemente en todas esas personas, los médicos, los técnicos de emergencias médicas, los corredores que cruzaron la línea de llegada y siguieron sin parar para ir a donar sangre y los incontables ciudadanos que hicieron lo que pudieron para salvar vidas. Esos fueron los auténticos héroes”.
 
El altruismo como homenaje a las víctimas
 
La historia más llamativa de todas las que acontecieron el pasado lunes es la de Carlos Arredondo, el oficioso “héroe del atentado de Boston”. No sólo por su activo papel tras los atentados, cuando practicó un torniquete a uno de los heridos que había perdido las dos piernas y lo transportó para que recibiese asistencia, sino por su propia experiencia personal. Arredondo ha perdido dos hijos a lo largo de su vida, uno durante la Guerra de Irak, y el otro, a causa de una depresión. El costarricense tiene una interesante, aunque dolorosa, trayectoria vital a sus espaldas.
 
A finales de los setenta fue detenido por los sandinistas, y fue puesto en libertad tras un brote de malaria en la cárcel. Llegó a cruzar la frontera de Arizona, pero fue arrestado por la policía de inmigración (milagrosamente, ya que de lo contrario afirma que habría muerto de inanición), y posteriormente huyó y vivió durante varias décadas como inmigrante ilegal. Su hijo mayor fue alistado en 2003 para combatir en Irak y un año más tarde murió en combate. Preso de la ira, atacó la furgoneta en la que viajaban los marines que le informaron de la noticia, lo que le llevó a ser acusado de terrorismo. Sin embargo, consiguió la ciudadanía americana gracias a la ley aprobada por George W. Bush que concedía dicha condición a todos los padres de marines muertos.
 
Arredondo explicó la historia a los medios de comunicación en 2011, cuando dentro del movimiento Occupy Boston, realizó su propio campamento, el Alex Camp, para honrar la memoria de sus hijos. De hecho, el único de sus descendientes que queda vivo participó en la maratón del pasado lunes, con el objetivo de dedicárselo a sus hermanos muertos, y ya había superado la línea de meta cuando las bombas detonaron. El destino ha querido que Arredondo vuelva a enfrentarse cara a cara con la tragedia.

El reencuentro tras la tragedia
En el caos que rodea a un atentado como el ocurrido el lunes, es probable que muchas personas se conozcan y nunca vuelvan a encontrarse. Es lo que pudo haber ocurrido por una joven estudiante que fue atendida por un veterano de la guerra de Irak después de ser herida tras el atentado. Sin embargo, la joven de 20 años, llamada Victoria McGrath, señaló al gobernador Deval Patrick que había sido atendido por un hombre del que no conocía nada más que el nombre, Tyler. El soldado le había calmado y le había mostrado su propia cicatriz, causada por la metralla. El propio Patrick contó la historia durante su comparecencia del martes, pero que no sabía nada más de él. Simplemente, quizá era alguien "que se había apresurado a echar una mano".

Finalmente, logró identificar a su salvador, cuyo nombre completo era Tyler Dodd, y que actualmente se encuentra en el paro, que se manifestó esa misma noche. Fue entrevistado por la revista Esquire, a la que declaró que, dado que él mismo había sufrido un gran trauma de guerra, era obvio que la consolase: "Me sentí como si la mejor ayuda que podía prestar era consolar a un montón de gente", señañó Dodd. "Obivamente, sentía mucho dolor. Sabía que tenía que hablar con ella. Si no había nada más que pudiese hacer, tenía que hablar con ella". Y cuando se lo dijo, ella le creyó. Sin embargo, en sus últimas declaraciones, Dodd afirmaba que aún no había podido volverla a encontrar. ¿Se habrán reunido ya?

Pequeños gestos de ayuda
 
Aunque la de Arredondo es la historia más pintoresca de las referidas, multitud de pequeños pero significativos detalles se han sucedido desde la noche del pasado lunes. Por ejemplo, el hombre que salió a la calle con una jarra de naranjada y que ofreció a los corredores que se encontró pasar por su casa si necesitaban algo. O la mujer que abrió las puertas de su hogar para que todo aquel que lo necesitase pudiese abastecerse. Además, muchas tiendas ofrecieron conexión wifi, la posibilidad de cargar el móvil a los que pasaban por allí, o simplemente “juntarse con más gente para no sentirse solos”. Al contrario de lo que cabría esperar, los atentados no espolearon el miedo de la población, sino que provocaron que los ciudadanos ofreciesen toda la ayuda que estaba en su mano y abriesen la puerta de su casa.
 
Las redes sociales han unido a las personas que lo necesitabanUn gran número de voluntarios se ofrecieron a colaborar en las labores de limpieza realizadas el día después de los ataques, y ayudaron a recoger las pertenencias perdidas de los corredores, así como sus medallas. Hasta se creó un documento de Google en el que se recogían las direcciones, contactos e información de los diferentes vecinos de Boston que ofrecían sus hogares para aquellos que lo necesitasen.
 
Un hashtag de Twitter acuñado por Ann Curry tras la masacre de Newtown fue recuperado el pasado lunes para sintetizar esos “26 actos de bondad” (esta vez, #26Acts2) que empujaban a todos los usuarios de la red social a realizar buenos actos como una manera de mantener viva la memoria de los fallecidos. Twitter no fue la única red donde apareció este fenómeno, sino que las muestras de afecto también se sucedieron en Facebook. Los medios de comunicación, parece ser, no sirven únicamente para satisfacer nuestro morbo, sino también para unirnos en caso de tragedia.
 

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