jueves, 22 de agosto de 2013

El día en que dejé de decir "date prisa"

Hoy os traigo lo que suelo etiquetar como "historia optimista". Se trata del testimonio de  en el periódico Huffington post una madre inmersa en un mundo de prisas a quien su hija pequeña da una gran lección de vida. Os dejo el comienzo del relato:
 
Cuando estás viviendo una vida distraída, cada minuto cuenta. Sientes que deberías tachar algo de la lista de cosas pendientes, mirar una pantalla, o salir corriendo hacia el siguiente destino. Y no importa en cuántas partes dividas tu tiempo y atención, no importa cuántas tareas trates de hacer a la vez, nunca hay suficiente tiempo para ponerse al día.
 
Esa fue mi vida durante dos años frenéticos. Mis pensamientos y acciones estaban controladas por notificaciones electrónicas, melodías para el móvil y agendas repletas. Y aunque cada fibra de mi sargento interior quería llegar a tiempo a todas las actividades de mi horario excesivo, yo no.
 
Verás, hace seis años, fui bendecida con una niña relajada, sin preocupaciones, del tipo que se para a oler las rosas.
 
Cuando tenía que estar ya fuera de casa, ella estaba ahí, toda dulzura, tomándose su tiempo para elegir un bolso y una corona con purpurina.
 
Cuando tenía que estar en algún sitio desde hacía cinco minutos, ella insistía en intentar sentar y ponerle el cinturón de seguridad a su peluche.
 
Cuando necesitaba pasar rápidamente a comprar un bocadillo en Subway, se paraba a hablar con la señora mayor que se parecía a su abuela.
 
Cuando tenía 30 minutos para ir a correr, quería que parase la sillita para acariciar a cada perro con el que nos cruzábamos.
 
Cuando tenía la agenda completa desde las seis de la mañana, me pedía que le dejase cascar y batir los huevos con toda su suavidad.
 
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